Reseña de 'Neverland' (Ulver, 2025)
El último disco de Ulver, Neverland (2025), es un viaje profundamente atmosférico y experimental, marcado por la ausencia irreparable de su tecladista Tore Ylwizaker. La obra se siente como un ritual de despedida en un espacio sonoro donde la pérdida y ese ambiente conecta con los 434 versos de 'The Waste Land' de T. S. Eliot, uno de los poetas modernistas más influyentes del siglo XX. Allí, Eliot retrata el desencanto y la desintegración cultural europea tras la Primera Guerra Mundial, con imágenes de infertilidad, muerte y vacío espiritual. Él describe una tierra baldía, árida, símbolo de la esterilidad del alma moderna. El nexo con Ulver es que en Neverland, la banda construye un paisaje sonoro igualmente desolado, marcado por la ausencia de voces y la sombra de Tore. El álbum abre con una cita de Eliot tomada de The Burial of the Dead, reforzando la idea de que la música puede ser a la vez entierro y renacimiento. Eliot, nacido en Estados Unidos y nacionalizado británico, mezcla referencias bíblicas, mitológicas, literarias y culturales, creando un mosaico de voces que simbolizan la fragmentación del mundo moderno. Ulver hace lo mismo, pero con capas electrónicas, ambient y synthwave: un collage sonoro que refleja la fragmentación contemporánea y la convierte en experiencia empírica.
Como fan, esperé este material durante meses, conciente de que los últimos trabajos de la banda han estado atravesados por acontecimientos intensos, algunos dolorosos, como la misma muerte de Tore. Sin embargo, pese a la tormenta, han seguido entregando su arte y Neverland es prueba de ello: un híbrido de ambient y electrónica oscura que desemboca en piezas instrumentales donde la experimentación y la locura de las máquinas dialogan en armonía. Ellos saben que están en un nivel en el que la música es la protagonista absoluta. Han intervenido sus propias vidas para materializar sonidos que hablan por sí mismos, sin necesidad de palabras. Neverland es un álbum sólido y maduro, que muestra a Ulver apesadumbrados, sí, pero también en su mejor momento creativo, atravesando la tormenta interior y exterior con la dignidad de quienes convierten el dolor en rito.

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